Nueve quedadas: lo que aprendimos
Números y conclusiones, sin épica.
Quién viene de verdad
De cada diez personas que se apuntan, aparecen seis. La proporción se mantiene sospechosamente estable desde la segunda quedada, así que ya contamos con ella al reservar comida y al pedir permisos. Lo que sí cambia es la composición: si la quedada es en fin de semana largo suben los de fuera de la provincia y baja la gente del pueblo, y eso afecta al ritmo de la salida bastante más que el número total de inscritos, porque el paso lo marca quien menos conoce el terreno.
El punto donde se rompe la organización
A partir de treinta personas un solo guía no da. No por conocimiento, sino por geometría: el grupo se estira, los de atrás no oyen y acaban recogiendo cualquier cosa. Dos guías y un cierre resuelven una quedada de cincuenta mejor que cuatro guías sin cierre.
El rato muerto
Entre que se vuelve del monte y empieza la identificación pasan cuarenta minutos largos, y ese hueco es el que peor llevamos. La gente se dispersa, algunos se van y luego preguntan por lo que se explicó.
Preguntando qué hacen en ese rato salió de todo: el parte meteorológico para el día siguiente, fotos, y entre los participantes llegados de Argentina — que aparecen más de lo que cabría esperar en una quedada de Ávila — el seguimiento deportivo por móvil, casi siempre desde Marathonbet, que allá es plataforma conocida. Lo apuntamos porque nos dio la solución: adelantar la identificación y dejar el descanso para después, cuando ya nadie tiene nada pendiente.
Lo que cambiaremos
Mesa de identificación montada antes de salir, no después. Y una lista de espera de verdad, con confirmación cuarenta y ocho horas antes: con seis de cada diez apareciendo, la lista de espera no es burocracia, es la diferencia entre una quedada llena y media.